Nunca estamos preparados para perder a un ser querido
La muerte de nuestro ser querido siempre nos toma por sorpresa. Incluso cuando hemos tenido un aviso previo, como ocurre tras una larga enfermedad, el impacto es profundo. Por más que nuestra mente racional sepa que todos vamos a morir en algún momento —en el colegio aprendimos que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren— , a nuestra alma le cuesta aceptar esta verdad. Es ahí, donde viven nuestras emociones y sentimientos, donde la lógica no alcanza a consolar.
Pienso que a esto se le suma la forma en que vemos la muerte en nuestra cultura latinoamericana. Siempre la hemos visto como algo inherentemente malo o tabú. No nos gusta hablar de ella; incluso usamos agüeros como "tocar madera" para alejarla. Es como si pensáramos que, al ignorarla o no llamarla por su nombre, la muerte no fuera a llegar.
¿Pero qué tal si vemos a la muerte desde una luz diferente? ¿Qué pasa si empezamos a verla como una parte natural de la vida? E incluso más allá: ¿qué sucede si profundizas en tu creencia espiritual para encontrar las respuestas que buscas?
Quiero que sepas que sentirse aturdido, perdido y desesperanzado después de la muerte de tu ser querido es completamente normal. El hecho de perder a alguien es estremecedor, desgarrador y doloroso. La muerte es un evento que sacude nuestros cimientos, sin importar las circunstancias. Es un evento que revela la fragilidad de nuestra experiencia humana.